PREGÓN HOGUERAS DE SAN JUAN, MAYO 2010.
Autoridades, Meiga Mayor, Meiga Infantil, queridos coruñeses:
Debo comenzar por reconocer que una de las pocas referencias emblemáticas de mi infancia, que permanece, son las Hogueras de San Juan. Lo digo porque nací en la ciudad de La Coruña, que ya no se llama así, mas concretamente en la calle Rey Abdullah, en el Hospital del Dr. Marcial Palleiro, que ya no existe, y crecí en la calle Teniente Coronel Teijeiro para la que ya se busca otro nombre.
Así pues, para mí, un coruñés de la Ciudad Jardín, que ha vivido desde niño el humo de las piras de madera carretadas por generaciones y generaciones de coruñeses, y coruñesas, no se me vayan a alterar los y las de igualdad, así pues decía, vivimos un acto festivo, que no día, lamentablemente, y lúdico en el que el derroche de léxico no es un problema; es un verdadero honor haber sido invitado a ejercer el muy noble oficio de pregonero de una fiesta que forma parte del ADN coruñés, que tan orgulloso llevo en mi sangre, y me gusta recordar y defender cuando es menester.
Tenemos un gran Patrona, La Virgen del Rosario, pero cualquier herculino que se precie reserva una parte de su corazón a esta gran fiesta que nos anuncia el verano y la llegada de los días mas festivos de la ciudad. San Juan, que era el niño bonito de Jesucristo, como bien sabrán los aficionados a las lecturas más religiosas, y por supuesto todos los católicos como yo, encarna en buena medida la esencia del coruñesismo.
Y es que se trata de una festividad religiosa directamente entroncada con las celebraciones paganas. En realidad lo que festejamos en la mágica velada de la noche del 23 de Junio es el solsticio de verano, una tradición que ya está registrada en los anales del imperio romano como la fecha consagrada a agradar a los dioses para conseguir la mejor de las cosechas posible para afrontar el duro invierno y, como ahora, los caprichosos impuestos que, a su antojo y capricho, fijaban los gobernantes de entonces. Han pasado siglos y parece no haber cambiado nada.
Después de mucho estudiar, juro que no he sido capaz de hallar la referencia histórica que vincule esta tradición a La Coruña. Los romanos no hacían más que adoptar las costumbres de aquellos lugares por los que iban pasando. Y los celtas, los primeros coruñeses, tenían en el cielo su única guía para saber lo que se les iba a venir encima. Poco han cambiado las cosas, no hay más que ver la que ahora está cayendo.
Como ese espíritu siempre ha ido aparejado al carnet de coruñés, la celebración del solsticio de verano se fue disfrazando de diferentes formas hasta llegar a nuestros días, recuperando, poco a poco, el carácter pagano con el que vio la luz la primera hoguera.
Hoy, cuando se piensa en San Juan, no se piensa ni en la visita del Papa, Benedicto se lo pierde, ni en la Iglesia. Y no por que no haya curas devotos, que los hay, sino porque lo primero que se nos viene a la cabeza son las hogueras, las sardinas y, últimamente, el churrasco de la Ronda de Outeiro, la Playa y los amigos. Y una vela a la Virgen del Rosario para que ese día haga buen tiempo. La vertiente religiosa queda para los menos, porque la resaca suele impedir cumplir honores al Altísimo. Bueno, algunos vecinos con problemas de sueño seguro que le dirigen alguna plegaria esperando minimizar los ruidos de los fuegos o el bullicio que llena esa noche coruñesa.
Mucho mérito de lo que hoy aquí tenemos que celebrar es de la Comisión Promotora de Hogueras de San Juan. Permítanme que haga referencia a mis recuerdos de la infancia. Tuve la suerte de disfrutar del mar de Riazor cuando no había Paseo Marítimo y de las hogueras desde antes de tener uso de razón.
Pienso que las OPAS, que están tan de moda en el mundo económico actualmente, las inventaron, hace ya muchos años, Cheché y Calín, los hermanos Barallobre, entre otros, que nos convencieron para dejar de hacer la fogata en la Ciudad Jardín para sumarnos a la de la Compañía de María, la suya, hoy la de todos los coruñeses. Ya en aquel entonces los promotores demostraban dotes de mando y así, cuando me di cuenta, mi trabajo y el de mis amigos consistía en carretar madera desde la Ciudad Jardín a la Compañía de María, eso sí, Cheché no se cansaba de recordarnos que tuviéramos cuidado con los clavos.
A medida que fui creciendo, San Juan siguió siendo para mí una noche mágica. Tras la Semana Santa, donde me tocaba visitar iglesias con mis padres, hasta siete creo recordar, disfrutaba al máximo con mis amigos a la espera del San Juan, y ya entonces la Comisión Promotora de las Hogueras de San Juan iba dando forma a un grupo de entusiastas que pretendían recuperar una tradición que se mantenía, mas por la memoria de los coruñeses que por el arraigo histórico que ya he confesado no soy capaz de localizar.
Dice la historia que la Comisión Promotora de las Hogueras de San Juan de La Coruña comienza su andadura en Junio de 1970. He tenido que bucear en mi memoria pero casi podría asegurar que aquel año ya carreté madera al Paseo de Ronda, hoy, de momento, Avenida de Calvo Sotelo, donde se celebraba el primer acto público con la quema de la hoguera y se proclamaba a la que sería la Primera Meiga Mayor, Estrella Pardo Castiñeiras, rodeada de sus cuatro Meigas de Honor.
Muchos de los que hoy estáis aquí sois amigos o conocidos de la infancia. Y a vosotros Cheché, Calín y Conchita os cabe el honor de haber conseguido recuperar del arcón del olvido la llamada “noite meiga” de la que hoy disfrutan con placer decenas de miles de personas que cada año sueñan con un verano mejor asomándose al Atlántico desde la incomparable bahía de Riazor.
Hoy, la fiesta, gracias a Dios, no la discute nadie. Y es que a lo largo de estos últimos 40 años se han multiplicado las apariciones en los medios de comunicación de todo el mundo que han contribuido a la mejor promoción de la fiesta más coruñesa, con permiso del Carnaval, patrimonio de la Calle de la Torre y de la festividad del Rosario. Así, la playa de Riazor repleta de gente e iluminada por un sin fin de pequeñas hogueras ha servido de estampa para los programas de TV y medios de comunicación en general. Su repercusión es tal que en 1999, tras una larga batalla contra toda clase de prejuicios, se logró que el Consello de la Xunta de Galicia la declarase “Fiesta de Galicia de Interés Turístico” y mas tarde, en el 2003 el Ministerio de Economía le concedió el titulo de “Fiesta de Interés Turístico Nacional”.
Con el flanco de la salud institucional bien cubierto, al San Juan coruñés no han parado de salirle novios políticos de ocasión. Esos que un día defienden que sea una fiesta local y al contrario intentan menospreciar la presencia de la Meiga Mayor en FITUR como hemos podido ver hace apenas un par de años. O como esos otros que escudados en el “no hay dinero”, la peor de las excusas que puede argumentar un gestor público que se precie, impiden aumentar el nivel de una festividad que, insisto, es ya todo un icono coruñés. Por que la gran virtud del San Juan es su carácter democrático. Vale con un pequeño espacio, unos maderos viejos, un grupo de amigos y, sobre todo, la necesidad de evadirse por un rato de la dura realidad.
Yo, me vais a permitir, quiero aprovechar este brindis de una fiesta que me retrotrae a mi mas tierna infancia, y quiero recordar a mi familia, a mis amigos, a los que ya no están y, por supuesto, a mi mujer y a mis tres hijos con los que espero seguir saltando durante mucho tiempo la hoguera de las envidias y quemar en ella toda clase de desgracias y disgustos.
Como quiera que saltar la hoguera es el penúltimo de los rituales de la noche mágica, permitidme también hacer aquí, en voz alta, mi particular reflexión de todo lo que quiero dejar atrás este San Juan del año 10 del siglo XXI:
• Quiero que en la pira purificadora arda la crisis y la mediocridad de los que nos han metido en ella. Y que de las cenizas resultantes salga empleo para todos, para que la emigración siga siendo un recuerdo.
• Quiero que quienes nos representan nos hagan sentirnos representados y que compartan las mismas preocupaciones que los ciudadanos sufrimos.
• Quiero que sea el año del AVE, de la ampliación de Alvedro, de la finalización de la Tercera Ronda y de la desaparición de las listas de espera.
• Quiero que arda la intolerancia y se abra paso para siempre a la libertad, incluso, para poder elegir el idioma en el que queremos educar a nuestros hijos.
• Quiero también que se incremente el arraigo y el sentimiento coruñés y que defendamos, sin complejos, la “L” de la libertad, para que no quepan imposiciones que van contra los sentimientos y los deseos de las personas.
Me temo que ya he abusado de su generosidad y de su tiempo. Podría estar horas y horas enunciando deseos para que la primera agua mágica de la mañana de Riazor nos bendiga a todos los coruñeses y a los que nos visitan y que nos permita seguir disfrutando de nuestra ciudad y de la protección de nuestro Faro, nuestra amada Torre de Hércules, para que todos encontremos la felicidad allá donde la busquemos. A estas alturas prefiero que cada uno de Vds. complete su propia lista de peticiones y quiero rematar este pregón deseando que la férrea salud de las Hogueras de San Juan, que son un símbolo inequívoco del trabajo colectivo y voluntario para crear, desde la precariedad mas absoluta, un auténtico evento de prestigio mundial. Como lo hemos hecho siempre los coruñeses, con solidaridad, trabajo y fe en nuestra ciudad a la que todos queremos.
¡¡¡ Viva San Juan !!!
¡¡¡ Viva La Coruña !!!
F/Carlos Marcos
Presidente de Unión Coruñesa
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viernes, 28 de mayo de 2010
jueves, 27 de mayo de 2010
Pregón del la Fiesta del Solsticio Poético, de Jénnifer Bermúdez
Buenas noches:
Autoridades presentes.
Querida Paloma, Meiga Mayor Infantil; Nadia, Meiga Mayor; Meigas de Honor, Alejandra, compañera y amiga de experiencia y aventura, Meiga Mayor Infantil 2009.
Señoras y señores:
Comisión Promotora de las Hogueras de San Juan, gracias una vez más por el apoyo y confianza que habéis depositado en mí, de no haber sido así hoy no me encontraría aquí leyendo este pregón; gracias por haberme acogido en este gran colectivo; porque nunca olvidaré que gracias a vosotros he disfrutado de la experiencia de ser Meiga de las Hogueras de San Juan.
Después de tanto agradecimiento he de ser sincera, cuando Cheché me propuso ser la pregonera de esta entrañable fiesta, se me pasó por la cabeza decirle que “no”; aunque debido a mi timidez me salió un entrecortado “bueno…”; que él dedujo en un rotundo sí. Mis dudas venían de que poco podría aportar yo a algo que ha contado con oradores documentados con una excelente expresión literaria. Sin embargo aquí estoy, haciendo constar mi cariño, alegría y admiración por todos vosotros.
Hace poco, cuando tuvo lugar la imposición de las bandas a las Meigas en el Ayuntamiento, terminado el acto, estaba yo en la plaza de Mª Pita con mis buenas amigas Paloma y Alejandra, ellas me preguntaron de que hablaría en este pregón y yo asombrada por su curiosidad les respondí: “¿de qué os gustaría que hablase?”. Apresuradamente Alejandra me contestó: “del día de las carrozas”.
Ese día que mi homónima recuerda con ilusión, es el 23 de junio, noche de las hogueras de San Juan. Y ¡como no hablar de ello!, pero no sin antes hacer un pequeño honor al nombre de tan singular fiesta solsticial.
Pues bien, la celebración del solsticio de verano, es tan antigua como la misma humanidad. En un principio se creía que el sol no volvería a su esplendor total, pues pasado este, los días eran cada vez más cortos. Por esta razón, fogatas y ritos de fuego de toda clase se iniciaban en la víspera del pleno verano, para simbolizar el poder del sol y ayudarle a renovar su energía.
Aún no ha llegado el solsticio de verano, pero hoy estamos aquí queridas Meigas, celebrando el Solsticio Poético y con el, el inicio de los innumerables actos culturales y lúdicos que vosotras presidiréis, tales como conciertos en la calle, espectáculos de baile, comitivas… que simbolizan la llegada de las fiestas de San Juan a nuestra ciudad y que perdurarán hasta el 30 de junio.
Son días cargados de actividad festiva que se os irán escurriendo de las manos sin que podáis agarrarlos y cuando os deis cuenta ya estaremos a 23 de junio.
Noche en la que se abren de par en par las invisibles puertas del otro lado del espejo: hadas y deidades andan sueltos por los campos. Se permite el acceso a grutas y castillos encantados; donde se liberan de sus prisiones y ataduras las reinas moras, princesas e infantas cautivas a la merced de un embrujo o maldición. Braman los dragones y vuelan los caballucos del diablo. Salen a dar un vespertino paseo a la luz de la luna seres femeninos misteriosos en torno a sus infranqueables moradas. Afloran enjambres de espíritus duendiles amparados en la oscuridad de la noche, y en los matorrales, las gallinas y los polluelos de oro hacen ostentación de su aúreo plumaje tentando a algún que otro incauto codicioso a que les echen el guante. Las mozas enamoradas sueñan y adivinan quién será el galán que las despose, las plantas venenosas pierden su dañina propiedad y, en cambio las salutíferas centuplican sus virtudes; el rocío cura ciento y una enfermedades y además hace más hermoso y joven a quien se embadurne todo el cuerpo…
En esta noche se abre la puerta que nos introduce a las dimensiones mágicas de la realidad. Definitivamente no es un día como los demás.
Recuerdo de mi experiencia como Meiga, ese día como si fuese ayer…
Comenzaba el día con actos programados desde las 10.00 de la mañana, la cita era en el paseo marítimo por la zona de la Torre de Hércules para rendir homenaje mediante una ofrenda floral ante el monumento a S.M el Rey Alfonso IX. Al acabar el acto una de mis Meigas de Honor y yo, cogimos el coche, nos dirigíamos hacia el Cantón Grande, junto al Obelisco para dar salida a la comitiva del encendido del fuego de San Juan y de la ofrenda a Nta. Sra. del Rosario, Patrona de la ciudad.
Decidí ir bordeando el paseo marítimo, quería ver falla de cartón piedra, la cual quemaríamos pasadas unas horas. Allí estaba, en la playa de Riazor, acordonada por los finos encajes que la espuma del mar dibujaba en la arena. ¡No podía ser otra! Una fuerte e hidalga Torre de Hércules compartía espacio con los bañistas y con aquellos que iban apilando palés y maderas, preparándose para la fiesta nocturna, nos quedamos mi compañera y yo mirándola embelesadas pero el tiempo nos pisaba los talones y sin más predilección nos fuimos a cumplir con el deber.
La comitiva de la víspera de San Juan, tenía un par de paradas, la primera en la Venerable Orden Tercera de San Francisco donde tendría lugar el encendido del fuego de San Juan y la bendición de los maderos del San Juan Universal; en segundo, en la iglesia de Santo Domingo donde las Meigas realizamos una ofrenda floral a Nuestra Señora del Rosario y la Meiga Mayor Infantil y yo dimos lectura a unas oraciones que nosotras mismas habíamos confeccionado. “Tu nombre me suena a paz, tu nombre me suena a bondad…”, así empezaba la oración de la pequeña que con timidez y dulzura nos encandiló a todos los presentes.
La comitiva finalizaba en la plaza de María Pita con la recepción en el palacio municipal ofrecida por el Excmo. Sr. Alcalde de la Ciudad, Javier Losada.
A primeras horas de la tarde se podía ver como la gente, sobre todo los jóvenes, comenzaban a desfilar por la plaza de Pontevedra hacia la bahía coruñesa. Yo, por el momento tenía que esperar, tenía una visita en la residencia de mayores Caser, en la Zapateira. Llegué allí ataviada de traje regional, lo cual no pasó inadvertido entre sus residentes. Allí también celebraban el San Juan. Tenían una hoguera situada en el centro de una pequeña placita. No faltaban las sardinas y los cachelos, así como la música y algún que otro bailoteo.…
El sol comenzaba a batirse en retirada y fue en ese momento cuando las primeras hogueras comenzaron a extender su velo de humo por toda la ciudad y con él, también el aroma inconfundible de las sardinas y del churrasco que se mezclaba con las ropas y bañaba el cuerpo arrastrando el pensamiento a disfrutar y contagiarse del humor festivo de las hogueras de San Juan.
Yo me dirigía a la calle del Sol de donde saldría la cabalgata de San Juan, los carteles de Noite da Queima na Cidade Meiga adornaban escaparates y puentes. La gente, asombrada al verme con mi traje de gala y mi banda gritaba: “¡Es la Meiga Mayor!”, “¡Ahí va la Meiga Mayor!”
¡Era tanta la gente que había en la zona de Riazor-Orzán, tanta la alegría que se percibía!
Sobre las 23.00 daba comienzo la cabalgata un desfile lleno de música, luz y color que recordaba al Carnaval de unos meses antes.
Al ritmo de las gaitas y de las comparsas llegamos al palco situado enfrente de la falla que por la mañana me había conquistado. Transcurrió todo muy rápido, muchísimo más de lo que a mí me hubiese gustado, en cuestión de segundos Laura, Meiga de Honor de este año nos dio la antorcha con el fuego que esa misma mañana había sido bendecido. Alejandra y yo la cogimos y la acercamos a un cordelito que al instante llevó la chispa que prendió la hoguera. Comenzó a levantarse el fuego de forma arrolladora. ¡Era impresionante! Rápidamente fue devorada por las llamas ante la atónita mirada de los asistentes, arropados por el calor que de ella se desprendía. Y cuando las llamas estaban controladas por los bomberos, siguieron los fuegos artificiales, que dieron paso a una larga madrugada. Fue en ese momento cuando sentí que un pedacito de mí se había quemado en esa falla, un pedacito de mi experiencia como Meiga Mayor que allí se quedaba y que no volvería jamás. Y aquí dejo esta historia, con un sentimiento de tristeza arropado por el abrazo incondicional de mí siempre amiga Alejandra.
Para finalizar me dirijo a vosotras, Meigas.
Estáis todas preciosas, guapas, elegantes; parecéis finas figuras de porcelana donde anidan el amor, la simpatía, la bondad… Vuestra donosura y garbo se complementan con la melosidad de la mujer coruñesa. Y es eso, lo que os hace Meigas. No olvidéis nunca lo que sois ni lo que representáis; porque sois Meigas representación de la juventud, de la elegancia cautivadora de la mujer coruñesa y de las fiestas de nuestra ciudad. No reneguéis en un futuro de lo que fuisteis, y decídselo con orgullo a vuestros hijos y nietos; y cuando veáis a una niña con la banda distintiva de las hogueras de nuestra ciudad, acercaros a ella y decidle “yo también fui Meiga de las Hogueras de San Juan”. Entregaros a nuestras Fiestas, porque son parte de nuestro propio ser, de nuestro sentimiento.
Tened la esperanza de que vuestras vivencias se verán enriquecidas al lado de la Comisión Promotora de las Hogueras de San Juan, porque este año será especial para todas vosotras.
Así que Paloma, coge a Nadia de la mano, montaros en vuestras escobas de brujas buenas y, ¡volad!, ¡volad muy alto! Animando a todos los coruñeses a disfrutar de esta celebración.
Por último, y como si de la moraleja de un cuento se tratase, un deseo a modo de petición:
No decaigáis en el pesimismo ni en la decadencia y seguid luchando por un San Juan festivo. La iniciativa ya se había llevado a cabo en años anteriores, pero fue el año pasado cuando recibimos el amplio respaldo de nuestros vecinos de La Coruña. Me hubiese hecho mucha ilusión haber acabado el año habiendo conseguido mi propósito. No ha podido ser; parece que necesitamos la intercesión de alguna fuerza divina; pero si algo he aprendido es a perseverar en lo que uno quiere, y Hogueras de eso sabe bastante, por ello tengo la esperanza de que pronto lo conseguiremos, y será ahí cuando realmente vea finalizadas mis vivencias como Meiga.
¡Feliz San Juan a todos!
Muchísimas gracias.
sábado, 6 de junio de 2009
Coral Pastor, pregonera HOGUERAS 2009
Excmas. e Iltmas. Autoridades, Presidente de la Comisión Promotora de las Hogueras de San Juan y sus más allegados colaboradores, Sras. y Sres. permítanme que entregue este ceremonial anuncio a quienes hoy se proclaman como la cuadragésima Meiga Mayor, Meiga Infantil y Meigas de Honor.
Hace treinta años no pude presagiar la existencia de esta tarde: la platea en penumbra, batiéndome en concertado duelo con ustedes, con sus miradas, sus silencios…
El 27 de Mayo de 1979, hace treinta años, pisé por primera vez un escenario; aquella tarde se estrenaba ¡Prometeo encadenado!, aquél que robó el fuego a los dioses para entregarlo a los humanos.
Insólita coincidencia: hace treinta años en el Mediterráneo, hoy en el Atlántico, dos ciudades de mar, un 27 de Mayo, pisar un escenario y honrar al fuego.
Para colmo de bienes nos reúne un espacio sagrado, el Teatro Rosalía de Castro. En este palco escénico han transcurrido ciento sesenta y ocho años de dramas y comedias, voces e histriónicos movimientos de grandes actrices y actores, muchos de ellos hoy sepultados por el paso del tiempo.
Les invito a que abandonen por un instante el tedioso pensamiento racional. Atrévanse a imaginar que cuando se ilumina este insigne escenario el fantasma, la sombra de todos ellos vuelve a encarnarse en su último personaje. Cada vez que se levanta el telón en este escueto universo intangible, estallan al unísono todas las historias aquí antes representadas de Buero Vallejo, Shakespeare, Calderón, Lope de Vega, Strindberg o Chejov.
Y ya todos con el ánima acicalada invocando a Prometeo, a Vulcano, a Hefesto y a San Juan. Da igual Grecia o Roma, manifestaciones paganas o cristianizadas; el fuego es regalo de dioses y no cabe debate para legitimar su pertenencia si no nuestra libre adhesión.
Se aproxima el momento de danzar con las manos entrelazadas en las playas de Riazor y el Orzán. Las Meigas, prestas para encabezar cabalgatas, ofrendas y pasacalles, se encarnan como diosas del fuego en busca de la noche más corta. Todos los actos que ellas avalan los reconocemos como signos de la cultura egipcia, griega o romana; las Meigas, sacerdotisas del Fuego nos vuelven a ofrecer en estos días el culto a la divinidad, ofrendas florales, música, poesía, danza, teatro, exhibiciones deportivas, relevos en el traslado del fuego sagrado…, todo ello está impreso en nuestro imaginario.
La Comisión Promotora de las Hogueras de San Juan resurge cada año de las cenizas y ofrece a la comunidad coruñesa el rito ancestral de la renovación, el juego constante de la vida y la muerte.
Aquellos chiquillos de la calle Fernando Macías, que en 1970 prendieron los primeros tablones y maderas que habían apuntalado alguna obra, hoy junto a su infatigable escudería, con largas jornadas de trabajo a lo largo de todo el año, sus puestas en escena, ceremonias, actos poéticos, danzas y conciertos reclaman el fuego a los dioses para purificar e iluminar la mente y el corazón de los miles de coruñeses y visitantes.
Cada año, la Comisión Promotora de las Hogueras de San Juan cumple debidamente con el mito del fuego y alimenta el espíritu lúdico y el imaginario colectivo.
No hay lugar para el desplante ni la deserción. No existe lateralidad que rija el fuego, no hay derecha ni izquierda, ni adentro ni afuera, todos estamos conectados por igual a la llama primigenia de las cavernas. Todos nos reconocemos en ella, y así al despuntar Junio, segunda puerta solsticial, las Meigas, acompañadas de Pajes y Heraldos, recorren las calles como nobles guardianas del mundo simbólico. A su paso, unos se detienen, otros siguen su camino cuanto menos sorprendidos, muchos aplauden…, pero nadie se queda indiferente.
El silencioso trabajo de todo un año deviene en algarabía, explosión de emociones, Noite da Queima, incendio del alma y llanto contenido. Después del fuego llega la calma, y así un año tras otro.
Conectar con el valor esencial de la fiesta representa beneficiarse de sus bondades. Si alguien de los presentes jamás lo ha sentido, le exhorto a que lo haga.
La fiesta es quizás el acontecimiento que cuenta con mayor índice de participación: salgamos a contar las miles de personas que abarrotan cada año las calles a la hora de la “sardiñada” o en los arenales a la hora de la “queima”.
Tras el telón de la fiesta se encuentra además el valor más próximo a la igualdad: por unos instantes, en torno a las hogueras, se entrelazan con pasión manos de diferente estatus, de distinto saber, de opuesta ideología. Lo he visto: al juntar las manos y rotar en torno a la hoguera los rostros se exaltan; todos los ojos se iluminan por igual al sentir cerca el calor, el dolor del cartón piedra que, entregado a la más elevada alquimia, convierte en ceniza la crónica de la ciudad plasmada en tan fugaz monumento.
Vaya también por los artesanos de la fiesta. Quienes dibujan, trazan planos, modelan, clavan, atornillan, pintan y montan la falla, atesoran una vieja sabiduría; todo es efímero, nada permanece sino en la memoria.
La codiciada trilogía de ser, poseer y permanecer se tambalea entre las llamas y adquiere una textura de polvo sutil, cercano a la nada.
Desdramaticemos nuestra realidad, aprendamos de los artistas falleros: todo su empeño, la aplicación de sus ideas y bocetos, toda su obra consolidada, a la hora acordada es devorada por las llamas; ruge el cielo y amanece un día nuevo.
Así como los celtas no permitían que el fuego del hogar se apagara jamás, en esta trigésimo novena Fiesta del Aquelarre Poético Jennifer Bermúdez, Alejandra López y las Meigas de Honor se convierten en sumas sacerdotisas, en portadoras del fuego sagrado.
Vosotras viviréis en primera línea la inconmensurable alegría y quizás, como a todas las Meigas que os han precedido, se os nublen los ojos cuando, al extinguirse las ultimas llamas, reine por un momento la oscuridad en la fugaz Noite da Queima. Vivid ahora con intensidad, pues solo entonces entenderéis que la vida es sueño y que todo se reduce a la nada.
Debo decirles que me siento profundamente orgullosa con la encomendada tarea de pregonar a Poniente y a Levante esta fiesta, no en vano, declarada de Interés Turístico Nacional.
No abriré el telón de la erudición en busca de un brillante y efectista final. No teman, no es momento para el lucimiento del mensajero, es noche de invocación.
Es la hora de proclamar que empiece la fiesta; que en este mismo instante arranque la cuenta atrás; que lleguen las barcas inundadas de sardinas; que irrumpa de un lado a otro el trasiego de maderas y trastos viejos; que se pronuncien salmos; que suenen marchas procesionales, gaitas y pasodobles; que broten las flores que serán expuestas al rocío; que se fragüe y ahonde en nuestra ánima el espíritu de las Hogueras de San Juan.
Coral Pastor
Hace treinta años no pude presagiar la existencia de esta tarde: la platea en penumbra, batiéndome en concertado duelo con ustedes, con sus miradas, sus silencios…
El 27 de Mayo de 1979, hace treinta años, pisé por primera vez un escenario; aquella tarde se estrenaba ¡Prometeo encadenado!, aquél que robó el fuego a los dioses para entregarlo a los humanos.
Insólita coincidencia: hace treinta años en el Mediterráneo, hoy en el Atlántico, dos ciudades de mar, un 27 de Mayo, pisar un escenario y honrar al fuego.
Para colmo de bienes nos reúne un espacio sagrado, el Teatro Rosalía de Castro. En este palco escénico han transcurrido ciento sesenta y ocho años de dramas y comedias, voces e histriónicos movimientos de grandes actrices y actores, muchos de ellos hoy sepultados por el paso del tiempo.
Les invito a que abandonen por un instante el tedioso pensamiento racional. Atrévanse a imaginar que cuando se ilumina este insigne escenario el fantasma, la sombra de todos ellos vuelve a encarnarse en su último personaje. Cada vez que se levanta el telón en este escueto universo intangible, estallan al unísono todas las historias aquí antes representadas de Buero Vallejo, Shakespeare, Calderón, Lope de Vega, Strindberg o Chejov.
Y ya todos con el ánima acicalada invocando a Prometeo, a Vulcano, a Hefesto y a San Juan. Da igual Grecia o Roma, manifestaciones paganas o cristianizadas; el fuego es regalo de dioses y no cabe debate para legitimar su pertenencia si no nuestra libre adhesión.
Se aproxima el momento de danzar con las manos entrelazadas en las playas de Riazor y el Orzán. Las Meigas, prestas para encabezar cabalgatas, ofrendas y pasacalles, se encarnan como diosas del fuego en busca de la noche más corta. Todos los actos que ellas avalan los reconocemos como signos de la cultura egipcia, griega o romana; las Meigas, sacerdotisas del Fuego nos vuelven a ofrecer en estos días el culto a la divinidad, ofrendas florales, música, poesía, danza, teatro, exhibiciones deportivas, relevos en el traslado del fuego sagrado…, todo ello está impreso en nuestro imaginario.
La Comisión Promotora de las Hogueras de San Juan resurge cada año de las cenizas y ofrece a la comunidad coruñesa el rito ancestral de la renovación, el juego constante de la vida y la muerte.
Aquellos chiquillos de la calle Fernando Macías, que en 1970 prendieron los primeros tablones y maderas que habían apuntalado alguna obra, hoy junto a su infatigable escudería, con largas jornadas de trabajo a lo largo de todo el año, sus puestas en escena, ceremonias, actos poéticos, danzas y conciertos reclaman el fuego a los dioses para purificar e iluminar la mente y el corazón de los miles de coruñeses y visitantes.
Cada año, la Comisión Promotora de las Hogueras de San Juan cumple debidamente con el mito del fuego y alimenta el espíritu lúdico y el imaginario colectivo.
No hay lugar para el desplante ni la deserción. No existe lateralidad que rija el fuego, no hay derecha ni izquierda, ni adentro ni afuera, todos estamos conectados por igual a la llama primigenia de las cavernas. Todos nos reconocemos en ella, y así al despuntar Junio, segunda puerta solsticial, las Meigas, acompañadas de Pajes y Heraldos, recorren las calles como nobles guardianas del mundo simbólico. A su paso, unos se detienen, otros siguen su camino cuanto menos sorprendidos, muchos aplauden…, pero nadie se queda indiferente.
El silencioso trabajo de todo un año deviene en algarabía, explosión de emociones, Noite da Queima, incendio del alma y llanto contenido. Después del fuego llega la calma, y así un año tras otro.
Conectar con el valor esencial de la fiesta representa beneficiarse de sus bondades. Si alguien de los presentes jamás lo ha sentido, le exhorto a que lo haga.
La fiesta es quizás el acontecimiento que cuenta con mayor índice de participación: salgamos a contar las miles de personas que abarrotan cada año las calles a la hora de la “sardiñada” o en los arenales a la hora de la “queima”.
Tras el telón de la fiesta se encuentra además el valor más próximo a la igualdad: por unos instantes, en torno a las hogueras, se entrelazan con pasión manos de diferente estatus, de distinto saber, de opuesta ideología. Lo he visto: al juntar las manos y rotar en torno a la hoguera los rostros se exaltan; todos los ojos se iluminan por igual al sentir cerca el calor, el dolor del cartón piedra que, entregado a la más elevada alquimia, convierte en ceniza la crónica de la ciudad plasmada en tan fugaz monumento.
Vaya también por los artesanos de la fiesta. Quienes dibujan, trazan planos, modelan, clavan, atornillan, pintan y montan la falla, atesoran una vieja sabiduría; todo es efímero, nada permanece sino en la memoria.
La codiciada trilogía de ser, poseer y permanecer se tambalea entre las llamas y adquiere una textura de polvo sutil, cercano a la nada.
Desdramaticemos nuestra realidad, aprendamos de los artistas falleros: todo su empeño, la aplicación de sus ideas y bocetos, toda su obra consolidada, a la hora acordada es devorada por las llamas; ruge el cielo y amanece un día nuevo.
Así como los celtas no permitían que el fuego del hogar se apagara jamás, en esta trigésimo novena Fiesta del Aquelarre Poético Jennifer Bermúdez, Alejandra López y las Meigas de Honor se convierten en sumas sacerdotisas, en portadoras del fuego sagrado.
Vosotras viviréis en primera línea la inconmensurable alegría y quizás, como a todas las Meigas que os han precedido, se os nublen los ojos cuando, al extinguirse las ultimas llamas, reine por un momento la oscuridad en la fugaz Noite da Queima. Vivid ahora con intensidad, pues solo entonces entenderéis que la vida es sueño y que todo se reduce a la nada.
Debo decirles que me siento profundamente orgullosa con la encomendada tarea de pregonar a Poniente y a Levante esta fiesta, no en vano, declarada de Interés Turístico Nacional.
No abriré el telón de la erudición en busca de un brillante y efectista final. No teman, no es momento para el lucimiento del mensajero, es noche de invocación.
Es la hora de proclamar que empiece la fiesta; que en este mismo instante arranque la cuenta atrás; que lleguen las barcas inundadas de sardinas; que irrumpa de un lado a otro el trasiego de maderas y trastos viejos; que se pronuncien salmos; que suenen marchas procesionales, gaitas y pasodobles; que broten las flores que serán expuestas al rocío; que se fragüe y ahonde en nuestra ánima el espíritu de las Hogueras de San Juan.
Coral Pastor
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